Cómo arruinarte con elegancia y llamarlo “estrategia de volumen”
Dicen que el volumen da poder. También lo dicen de la obesidad y míranos, llenos de kilos… y sin margen.
Cada semana, en algún despacho iluminado por luz fluorescente, hay un transitario que decide “bajar un poco el flete para quedarse con la carga”. Un héroe moderno. El Robin Hood de los contenedores. Le roba el margen al negocio para dárselo al cliente.
Luego lo ves al mes siguiente, sudando para justificar por qué con tanto booking apenas cubre el café del viernes. Pero no importa, porque tiene volumen. Volumen de trabajo, volumen de llamadas, volumen de estrés. Todo volumen menos el bancario.
Y aquí viene la pregunta del millón (literalmente):
¿Pagamos el alquiler con TEUs?
¿Nos da la naviera rebate por lástima?
¿O el banco acepta “volumen” como garantía hipotecaria?
No.
Y mientras tanto, seguimos alimentando una guerra de precios que ni el cliente pidió: él solo quería que su carga llegara, no que nos autodestruyéramos por el camino.
A veces incluso olvidamos otro pequeño detalle: el dinero cuesta.
Pagamos a la naviera a 30 días y cobramos a 45, 60 o 90, porque “es un buen cliente”.
Sí, claro. Buen cliente, mal negocio.
El crédito no debería ser un acto de fe ni una herramienta de autolesión financiera. Pero ahí estamos, financiando el comercio mundial y esperando un “gracias” que nunca llega.
Y mientras el margen se disuelve, el operativo se llena de bookings, correos y llamadas por cargas que apenas dejan unos euros.
Montañas de trabajo que no pagan las horas extra ni el agotamiento.
Todo en nombre del “volumen”, ese dios moderno que exige sacrificios humanos en forma de transitarios quemados.
Ser competitivos no significa regalar el trabajo.
Significa saber cuándo decir que no, antes de que el negocio empiece a parecer una ONG con conocimientos logísticos.


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