En todas partes, como los marrones.
Sí, estamos en todos lados. No porque seamos omnipresentes (aunque nos gustaría), sino porque donde hay una carga, un problema, un cliente desesperado o un agente que jura que “el contenedor sale mañana”, allí aparece un transitario.
Nosotros. Tú. Todos los de esta especie extraña que vivimos entre puertos, aeropuertos y hojas de cálculo.
Estamos en el aire, en el mar, y en el Excel.
Puede que no tengamos oficinas en todas las ciudades, pero nuestro territorio es el tracking number.
Allí donde alguien pregunta “¿por qué el barco aún no salió?”… hay uno de los nuestros respondiendo con una sonrisa falsa y un colapso inminente.
Estamos en el correo del cliente, en el WhatsApp del transportista, en el radar del agente de aduanas y en el “cc” de todo lo que pasa entre Shanghái y Barcelona.
No tenemos fronteras, tenemos zonas horarias.
Cuando el cliente de México escribe, tú ya estás cenando.
Cuando el proveedor de China contesta, tú ya estás durmiendo (o fingiendo hacerlo).
Y cuando el camión se retrasa en Valencia, da igual la hora: allí estás, como un héroe sin capa y con ojeras.
Porque ser transitario es eso: estar siempre un poco antes, un poco después, un poco en medio.
Nuestro mapa es mental, y no tiene escala.
Estamos en todas partes sin movernos de la silla.
Vivimos con Google Maps en el alma y con la duda eterna de si “ese puerto” está donde creemos que está.
Conocemos más aeropuertos que playas, más siglas que canciones, y más incoterms que nombres de vecinos.
En resumen, estamos donde hay logística y poca paciencia.
Si un avión se retrasa, si un barco se adelanta, si una aduana inventa una nueva norma un viernes a las 17:00… allí estamos.
No tenemos delegaciones, tenemos reflejos.
No tenemos sedes, tenemos sentido del deber.
Y sí, estamos en todos lados.
Porque el mundo no se mueve solo, y alguien tiene que coordinar el caos con algo de dignidad.
